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08 de octubre de 2012
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La vida callejera de Yogyakarta

Yogyakarta es una de las ciudades más artísticas de la isla de Java. Es una ciudad joven y tradicional a la vez y está repleta de murales, naturaleza, puestos de comida, sonidos y motocicletas. Es un lugar donde la vida cotidiana transcurre en la calle.
La vida callejera de Yogyakarta
Yogyakarta

Por Aniko Villalba http://viajandoporahi.com
En Yogyakarta la gente no camina: todos los recorridos, por más cortos o largos que sean, se hacen en sepeda motor (motocicleta, generalmente tipo Scooter) o en becak (bicitaxi). En la ciudad indonesia, además, las veredas (tal y como las conocemos) no existen: el poco espacio que hay entre el frente de las casas y la calle se usa para trabajar, para vender, para cocinar y para comer, pero en muy raras ocasiones para caminar. Tampoco habría cómo hacerlo: los warung (esas carpas de comida tan típicas del paisaje urbano del país), las motos estacionadas y los puestos de venta de nafta (en botellas de Absolut Vodka) ocupan casi todo el espacio.
Yogyakarta (o “Yogya”, como le dicen cariñosamente sus habitantes) es una ciudad juvenil y tradicional a la vez, y esa es una de sus mayores cualidades. Es uno de los centros universitarios más importantes de Indonesia, y se nota: sus paredes están repletas de graffitis y murales con mensajes “rebeldes” y en pos de un mundo mejor, la gente joven se reúne en los puestos de comida, en los cibercafés y en los karaokes, siempre hay algún evento cultural para visitar (muestras de arte, ciclos de cine, shows de música en vivo, exposiciones de fotografía) y los músicos callejeros abundan. Yogya es una de las ciudades indonesias étnicamente más heterogéneas y si bien el idioma oficial es el indonesio, la lengua que más se escucha en las calles es el javanés.
Yogya tiene mucha historia: si bien el Sultanato de Yogyakarta fue creado en 1756, la región está habitada desde el siglo 8 d.C. En sus afueras se encuentran Borobudur, el monumento budista más grande del mundo (construido en el siglo 6), y Prambanan, el templo hinduista más grande de Indonesia (construido en el siglo 9). Yogya, además, cumplió un rol fundamental en la lucha por la independencia de Indonesia y fue capital de la república entre 1946 y 1948; por esa contribución, fue nombrada “Región Administrativa Especial” y es la única ciudad del país que está presidida por un Sultán. El kraton (o Palacio del Sultán) y el Taman Sari (Castillo de Agua) están en el centro de la ciudad y pueden ser visitados. La ciudad es famosa también por sus trabajos en batik (telas pintadas), por sus wayang kulit (títeres con sombras) y por el gamelan Yogyakarta (un estilo musical único de la ciudad, desarrollado en las cortes).
Si uno mira las puertas de las casas con atención, notará dos cosas: primero, que la gran mayoría está abierta o entornada (las familias viven más en las veredas que en sus propias casas y siempre dejan la puerta abierta por comodidad y como invitación) y segundo, que hay una pila de zapatos (en los hogares indonesios es costumbre descalzarse antes de entrar). Yogyakarta es una gran ciudad, pero el aire que se respira es más de pueblo. No hay edificios ni construcciones altas, muchas calles son de tierra, los oficios se realizan al aire libre y comer es un ritual social que se realiza en los warung. Es normal, además, ver a la gente salir de sus hogares a las 4 de la mañana para ir a las mezquitas a rezar.
 La ciudad está rodeada de verde —es muy húmeda y calurosa, eso sí— y las terrazas de arroz y los volcanes son parte del paisaje de cualquier ventana. Otro elemento muy importante del paisaje (y de la rutina) de Yogya son los sonidos: cinco veces por día, las mezquitas recitan versos del Corán al unísono y recuerdan a la población musulmana (que conforma más del 85 por ciento del país) que es momento de rezar. Y durante todo el día, los vendedores ambulantes de comida anuncian su llegada a través de música y ruidos: una lata siendo golpeada con un palo quiere decir que el nasi goreng (arroz frito, plato típico de Indonesia) se acerca, la melodía pegajosa de “sari roti” indica que el vendedor de pan está viniendo y las campanitas probablemente pertenezcan al carrito de un vendedor de mie goreng (fideos fritos).
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