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22 de noviembre de 2013
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Hacia el norte hay un lugar

El norte de la provincia de Córdoba, en Argentina, es la postal que no figura en los negocios de recuerdos. Es la zona con más historia y cultura del mediterráneo estado y espera con los brazos abiertos a todos aquellos que se animen a seguir sus huellas.
Hacia el norte hay un lugar
Iglesia de Santa Catalina, imponente en plena sierra

por Rodrigo Carretero

Desde el norte llegó Jerónimo Luis a fundar la que más tarde sería conocida como la Docta. Don Cabrera en su andar, fue otorgando las llamadas mercedes entre sus hombres y así, al paso de los españoles, los comechingones y sanavirones  de pronto se encontraron con que su tierra ya no era más su tierra. Los jesuitas llegaron un poco más tarde, pero fueron ellos quienes dejaron su impronta imborrable en una región que hoy despierta al turismo en todo su esplendor. Justo es decirlo, la región norte de la provincia argentina de Córdoba no ostenta la fama de sus vecinos, como los valles de Punilla, Calamuchita o Traslasierra. Aquí no hay grandes lagos, ni diques faraónicos, no hay sierras grandes, ni fiesta de la cerveza. Ni siquiera un reloj Cucú harto de los flashes constantes. El norte de Córdoba es la zona menos rica en cuanto a producción agropecuaria, ya que sus suelos son, en su mayoría, de origen salino y desértico. Hay que decirlo, las sequias anuales y el clima seco y caluroso conforman un paisaje atípico a la clásica postal que se lleva el inconsciente colectivo de lo que es Córdoba. Y es aquí, en su no parecerse en nada al resto de la provincia donde radica su inmensa belleza. En sus pueblos centenarios, en su devoción a la Virgen del Rosario, en sus Estancias Jesuíticas, en la senda del Antiguo Camino Real, en su variopinta  oferta gastronómica. En todos ellos y en cada uno en particular, es posible hallar las huellas de un pasado glorioso que pregona sus historias para convertirse en un futuro promisorio.

Hay que tomar como punto de partida la ciudad de Córdoba, ideal para hacer base y disfrutar del confort de sus hoteles de alta categoría, su variada vida cultural y nocturna y de paso, tener un acercamiento a lo que luego se conocerá, recorriendo su Manzana Jesuítica y el centro histórico, declarados patrimonio de la UNESCO. Córdoba cuenta con aeropuerto internacional que la conectan al mundo a través de vuelos directos o vía Buenos Aires o Santiago de Chile y dos grandes terminales de ómnibus por lo que llegar a ella es simple, directo y rápido. Varias son las posibilidades que hay para conocer el norte. Se pueden hacer excursiones de día completo o de dos o más jornadas. Hay que tener en cuenta que al no ser la región más turística de la provincia, la oferta hotelera en el interior es escasa, pero de buena calidad. La columna vertebral de todos los circuitos será la ruta nacional 9. A su vera se hallan la mayoría de los atractivos. Apenas 50 kilómetros separan la gran urbe de Colonia Caroya y Jesús María, ciudades que comparten mucho más que la cercanía. Ambas surgidas desde los albores del ferrocarril y la llegada de los inmigrantes de origen friulano y español, pero con un pasado jesuita que les da su identidad y son su principal atractivo turístico. Por un lado, la Estancia Caroya que supo ser sede de vacaciones para los estudiantes del Colegio Monserrat, luego, primera fábrica de armas blancas y a fines del siglo XIX, última parada para los inmigrantes llegados del norte de Italia, que con tesón y fuerza, lograron levantar el pueblo. Colonia Caroya es famosa por sus salames, embutidos y fiambres, comidas típicas italianas y sus vinos, de cepa frambúa, dulce y querible al paladar. Jesús María antes fue Estancia de los jesuitas, y hoy es capital de las tradiciones criollas, con su afamado Festival Internacional de Doma y Folklore. Siguiendo la brújula, más allá espera Villa del Totoral con sus casonas de siglos pasados, donde vivieron y buscaron refugio personajes de la talla de Pablo Neruda. Al llegar a Tulumba o Ischilin, la historia revive en sus calles, unas de piedra, las otras de tierra centenaria. Por acá y por el Antiguo Camino Real, que va uniendo los pueblos y las postas, dejaron sus huellas, aborígenes, expedicionarios, conquistadores, religiosos, las guerras de la independencia y las luchas intestinas de un país que buscaba su identidad. Por aquí pasaba el comercio hasta que el ferrocarril los obligó a permanecer en el olvido. Hoy recorrer sus casas coloniales, iglesias, admirarse de las obras de arte religioso, realmente majestuosas, es tener al alcance de la mano, de los ojos, de todos los sentidos, una importante porción del ser argentino.

Entre las hondonadas de las sierras, en una curva, por entre el polvo del camino, las torres de Santa Catalina dan la bienvenida a la obra más majestuosa e imponente del legado jesuita en la provincia de Córdoba. La iglesia tardó 122 años es estar finalizada, la estancia fue de las más extensas, dedicada casi en exclusividad a la cría de ganado mular, que se usaba para trasladar la plata desde las minas de Potosí hasta Córdoba y Buenos Aires. El lugar pertenece a la misma familia, los Diaz, desde 1780 y tantos, aunque se permite la visita al templo, que bien vale la pena la excursión.

Otro de los sitios ineludibles del norte cordobés es Cerro Colorado. Declarado Reserva Natural y Cultural de la provincia, intenta preservar los últimos vestigios de pinturas rupestres que quedan y que sorprenden con la maravilla de ser los únicos pictogramas sobre piedra, hechos con técnicas ancestrales que representan al hombre moderno. Sin salir del asombro es posible ver al español a caballo en su avance de conquista. Mudos testigos del fin de una civilización. Y para terminar, nada mejor que ver caer el Sol sobre la barranca del río Los Tártagos, atrás de la casa de Don Atahualpa, mate en mano, recordando, cantando con el pecho hinchado de orgullo, aquello de “Caminiaga, Santa Elena, El Churqui, Rayo Cortado. No hay pago como mi pago, Viva el Cerro Colorado”. ADN musical de una región que escapa a los convencionalismos absurdos, que cuenta su propia historia sobre las piedras de la vida.

Sitios que hay que conocer si o sí: Las estancias jesuíticas de Caroya, Jesus María y Santa Catalina. Alguna bodega y degustar las comidas típicas italianas en Caroya o una buena parrillada en Jesús María. Los pueblos históricos de Tulumba e Ischilin, las pinturas rupestres y casa de Atahualpa Yupanqui en Cerro Colorado. Las postas del Antiguo Camino Real.

Para más información:  http://caminoreal.cba.gov.ar/

http://www.cordobaturismo.gov.ar/

www.encaminonline.com.ar

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