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01 de septiembre de 2008
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En primera persona: las sierras más antiguas de América

El escritor Elías El Hage comparte con Todo Para Viajar su experiencia, sensación y amor por Tandil.
En primera persona: las sierras más antiguas de América
Los cerros abrazan el valle de Tandil (clickear para agrandar imagen)

Dicen algunas voces que la verdadera sustancia de las ciudades está en su periferia, en sus bordes y no en su centro. Tandil no escaparía a tal conjetura. Hundida en un valle, abrazada por lo que queda de sus sierras –en este momento se procura erradicar el tumor de las canteras fuera, al menos, de la Poligonal, es decir del corazón granítico de la ciudad-, la comunidad ofrece al turista un vasto menú de lo que aquí se viene a buscar y de lo que para los vecinos representa un modo de vida: la naturaleza viva propone al visitante un reencuentro con la armonía sin que por ello tenga que renunciar a la civilización. Despertarse en una confortable cabaña rodeada por las sierras más antiguas de América y con wi fi para leer el diario o escribirle a los amigos, presupone una alianza entre el confort y la tranquilidad a sólo cuatro horas del infierno cívico, esto es Buenos Aires y su zona de influencia.

Si la naturaleza nos induce a los actos más primaros que el vértigo de la posmodernidad suele abolir en honor a las urgencias del tiempo, volver a caminar para muchos se convierte en un regreso a la primera infancia. Tandil, en buena parte de su geografía, puede (y debe) ser recorrido de a pie. Se sabe –por Borges y Bioy, pero también por Baudelaire- de la aventura del flâneur: aquel sujeto que deambula por la ciudad sin rumbo fijo, el que pasea sin saber adónde va, pero recuperando desde la lentitud y la horizontalidad del vagabundeo una mirada mucho más abarcativa del hombre que mira la ciudad desde su automóvil-

Dique en el tradicional paseo del Lago del Fuerte, donde según la leyenda habita el monstruo Diquelito (clickear para agrandar imagen)En su libro “El relato de viaje”, el escritor Jorge Monteleone cita a otro escritor, Walter Benjamin, quien define al flâneur como el viajero contemplador y reflexivo que disfruta a su manera del paisaje, el sujeto que erra lentamente por las calles, que se entrega ociosa, imaginativamente, sin un plan prefijado, a lo que le ofrece el destino. Tengo para mí que es una buena forma de viajar: lanzarse azarosamente a la promesa de ese destino sin las tiranías de los horarios, los mapas, las rutinas, abandonarse a la posibilidad de una revelación -espiritual, sensorial, educativa- que quizás aparezca o quizás no, pero siempre con la consigna de dejarse llevar por lo que los sueños le han dicho a ese viajero. Existe otra forma de viajar que tiene lo suyo y no es desdeñable: son los turistas que aborrecen la imprevisión, la falta de un orden, el viaje caótico; algunos de ellos se convierten en esos aficionados a los mapas cuya alegría consiste, muchas veces, en dedicar más atención a las coloreadas páginas de las guías que a las coloridas tierras por donde pasan.

Para conocer el Tandil de no postal, hay que desechar, al menos por un par de tardes, los mapas y los catálogos. Porque más allá de los quesos y los salamines y la réplica alegórica de la Piedra, y el géiser del Lago –ámbito donde una ignota agrupación posmoderna postula la existencia de Diquelito, un símil del Lago Ness bajo las aguas del Dique-, Tandil propone otras historias:

El célebre escritor Polaco Witold Gombrowicz en el Parque Independencia de Tandil, en 1957, a metros de la casa donde vivió (clickear para agrandar imagen)- Podríamos empezar por la casa donde vivió el célebre escritor polaco Witold Gombrowicz, que no aparece en la oferta turística oficial. Está ubicada en el Parque Independencia, en un departamento de piso superior de un chalet llamado “Casita de Paz”, a metros de un Anfiteatro donde todos los años, para la Semana Santa, el Jesucristo serrano es crucificado durante la recreación turística-teológica de la Pasión de Cristo.

-El escenario donde Facundo Cabral cantó por primera vez, con una gomera colgada al cuello para disparar municiones de piedra a los que se atrevían a hablar mientras él entonaba “No soy de aquí, no soy de allá”. Hay que mirar los altos del Teatro Cervantes sobre calle Rodríguez entre Pinto y San Martín.

-Hay que detener la mirada en el edificio de Rodríguez y Constitución en el que Jorge Di Paola escribió “La virginidad es un tigre de papel” o los restos de lo que fue “Moby Dick”, la melviliana librería de nuestro escritor maldito.

-Hay que reconocer, en el Monte Calvario, la estación última antes de llegar a la imponente cruz donde Gombrowicz y Juan Antonio Salceda sostuvieron uno de los diálogos más brillantes y terribles que serían luego publicados en el “Dario de la Argentina”.

-La casa, en el barrio del Calvario donde el genial actor francés y colaboracionista del régimen nazi Robert Le Vigan enseñó el francés hasta su muerte en Tandil. Y su tumba en el cementerio municipal.

Poncho de Gerónimo Solané, Tata Dios, sindicado como el autor intelectual de la matanza de extranjeros de 1872. (Museo Tradicionalista Fuerte de la Independencia). -La estancia del “Alemán de La Helena”, activo colaboracionista nazi de llegada directa a Hitler que también vivió en Tandil.

-La casa del pintor Roumé enclavada en la sierra. Los cuadros y esos caballos que sólo Roumé puede pintar.

-El desaparecido calabozo, se estima que ubicado sobre los fondos del actual Antonino Histórico Bar, a la vuelta del Palacio Municipal, donde asesinaron a Gerónimo Solané, el afamado Tata Dios, presunto autor intelectual o chivo expiatorio, vieja cuestión por saldar, de la masacre de extranjeros en 1872.

-La antiguamente llamada “Casa de las Ojivas”, del pionero danés Juan Fugl, que hasta entrado el siglo XX fue el único inmueble de dos pisos de la aldea.

-El Pata de Fierro, bellísimo vagón de tren restaurado y convertido en su laboratorio de conjurar naipes y mitologías por el más grande ilusionista que todavía anda por este mundo, el tandilense René Lavand. Está ubicado en la zona del Club Uncas que supo gozar de un nombre más romántico: el Manantial de los Amores.

Fotografía inédita de la Piedra Movediza en 1911 (del libro -El presunto triángulo energético, del cual hablan turistas adscriptos a la ideología new-age, que estaría formado por un hilo de energía intangible entre los vértices de las Sierras las Ánimas, el Parque Independencia y la Piedra Movediza. Suelen verse auténticos contingentes de turistas meditando sobre los restos mortales de la maravilla derrumbada.

-El llamado Caminito Encantado o Camino Misterioso. Los refutadores de la magia y el esoterismo pontifican que ese paraje, donde los automóviles andan solos, forma parte de un fenómeno que se corresponde con una ilusión óptica creada por un declive constante y la posición de los árboles. Pero sus amanuenses insisten en que el Caminito Encantado manifiesta un poder sobrenatural sobre los autos, ya sean de los turistas como de los propios vecinos. En efecto, se ha comprobado que los automóviles se mueven solos durante metros y metros de recorrido. Está ubicado antes del cruce de El Paraíso, y para llegar a él se deben atravesar estos tres lugares: el Cementerio Municipal, la Curva de la Muerte y el Albergue Transitorio California (tres referencias físicas que connotan a la imagen del entierro en todas sus acepciones).

Este azaroso recorrido revela que hay otro Tandil, el que excede la postal del paisaje exhibiendo su llamada naturaleza viva. Hay otras historias para mostrarle al visitante más allá de lo que suscribe, con el pulso domesticado por la costumbre, la historia oficial.

Colaboración de Elías El Hage y logo okapi Okapi Viajes - Buquebus


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Más información:
www.tandil.com
www.tandil.gov.ar

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