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30 de junio de 2014
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Ciudades abandonadas: Hacia el no lugar

Acostumbrado el humano a codearse día tras día con sus pares en las grandes urbes, llegarse hacia los lugares abandonados es una experiencia que provoca sensaciones encontradas ante tanta soledad. Donde hubo gente, el vacío queda.
Ciudades abandonadas: Hacia el no lugar
Lugares abandonados, donde la nada es todo.

por Rodrigo Carretero

  Salirse del molde urbano, escapar de la jungla de cemento hacia otros destinos donde el reto es sentirse impotente ante tanta desolación o por el contrario, imponente ante el vacío que pasa inmediatamente a pertenecerle a uno, sencillamente porque no hay nadie más que reclama para sí el lugar. Son innumerables las sensaciones que pueden producir la soledad, el abandono, la desidia del hombre, que por sus propios errores o negligencias, deja ciudades, parque de diversiones, hoteles, edificios, abandonados a su mala suerte.
  Quizás el más trágico de estos sitios sea la desdichada ciudad ucraniana de Pripyat, ubicada al norte del país y sobre las orillas del río homónimo. Paradojas del destino, la ciudad nació en 1970 para alojar a los  miles de trabajadores de las plantas nucleares que por aquel entonces comenzaban a despuntar hacia los cielos. Dieciséis años fueron suficientes. Más de cuarenta mil personas debieron ser evacuadas a las pocas horas de aquel 26 de abril de 1986, cuando a Chernóbil se le dio por reventar. Hoy, el viento se enseñorea por entre las amplias calles, juguetea con la enorme rueda de la fortuna del parque. La naturaleza vuelve a ocupar el lugar del que fue desterrada para dar paso a la “civilización”. Suspendidos en el tiempo, como la contaminación en el aire, permanecen los escudos de la URSS y de la República Socialista Soviética de Ucrania. Se puede visitar la ciudad, claro que sí, pero es recomendable llevar un dosímetro y no quedarse de noche debido a la presencia de animales salvajes como jabalíes, lobos o zorros.
  Siguiendo el derrotero de lo increíble, al otro lado del mundo, cercano a la ciudad donde todo pareciera suceder, hay un sitio donde nada ocurre en el presente. A tan solo una hora de la ciudad de New York, en la isla Pollepel, sobre el río Hudson, una construcción fuera de tiempo y lugar. Un castillo medieval en América, un lugar abandonado, donde millones viven. Su destino era ser un arsenal donde llegó a haber treinta millones de cartuchos y municiones.  Su curiosa arquitectura funcionó como gran publicidad para el negocio, pero una serie de episodios desdichados sellaron el final. En 1920 una gran explosión destruyó parte del complejo, tiempo después, una nueva legislación puso trabas al comercio de armas y para colmo de males, el ferry que conectaba la isla con el continente se hundió, lo que degeneró en el abandono total. Por si fuera poco, en 1969, un incendio devastó la isla y se llevó techos y pisos. Hoy por hoy, el castillo permanece solitario, aguardando su final definitivo. No es el único lugar abandonado que hay en NYC, también es posible visitar las instalaciones de la Fábrica Domino Sugar en Brooklyn, el Asilo Willard que llegó a albergar más de 50 mil pacientes,  o la estación del subterráneo City Hall, abandonada por su poco uso. Son pocas las excursiones que recorren estos sitios, pero vale la pena acercarse y sentirse solo, único, entre la multitud alrededor.
  En la vieja Europa son muchos los sitios abandonados, ya sea porque agotaron sus recursos o simple cese del lucro. Plantas de energía en Bélgica, de carbón en Francia, estaciones de trenes con durmientes que sueñan la eternidad en España, hospitales militares dejados a su suerte en Alemania, cementerios de trenes sin mayor fortuna en Polonia, etcétera. Es posible hacer un tour por toda Europa y esquivar las multitudes sin problemas, pero hay lugares que escapan a lo común y agregan algo más al paisaje circundante. Tal es caso de los restos del naufragio del S.S. America, en las Canarias o los fuertes marinos Red Sands, en las costas inglesas.  En el primer caso, se trata de un barco de origen norteamericano que tras haber sido comprado por una compañía tailandesa, se dirigía desde Grecia a su destino final, el menos pensado. Una tormenta impidió el control del buque que supo de tiempos mejores cuando fue parte de la U.S. Navy y sucumbió cerca de las playas de la isla de Fuerteventura. Los posteriores intentos por salvarlo fueron infructuosos y los habitantes saquearon todo lo posible. Ojos de buey, calderas, motores, bombas de agua, maquinaria, lámparas, adornos y hasta los tornillos pasaron a formar parte de los hogares isleños. Hoy la desolación conforma la mejor postal de este naufragio que, varado en su destino, solo espera poder dar fin a la agonía de incesantes golpes del mar sobre su costado.  En el caso de los británicos, las Fortalezas Marinas Maunsell eran pequeñas torres fortificadas que se construyeron durante la Segunda Guerra Mundial para la defensa del Reino Unido. Ubicados de manera estratégica en los estuarios de los ríos Támesis y Mersey, tras la guerra, pasaron por diferentes usos hasta que no se supo que más hacer con ellos.  En los años ´60 fueron sede de estaciones de radio difusión ilegales y años después algunas de las torres se desplomaron, pero la mayoría sigue en pie, irreductibles, firmes, aun esperando que llegue el enemigo.
  No se puede dejar afuera de este recorrido tan solitario a Asia. Hacia el oriente, hay varios ejemplos de lugares que nacieron con su fecha de defunción sellada. Algunos son: las casas OVNI de Sanzhi en Taiwán, el hotel Hotel Ryugyong de la ciudad de Pyongyang en Corea del Norte, la mina de diamantes de Mirny, en la lejana Siberia, algunos tramos de la Muralla China o la Isla de Hashima en Japón. Justamente en el país del sol naciente se halla, quizás, el más curioso de los lugares abandonados. Un parque de diversiones que poco tiene que ver con la cultura milenaria nipona. El moderno (fue creado en 1997) parque temático conocido como Gulliver’s Kingdom contó con el apoyo del gobierno japonés e importantes inversiones, con vistas a impulsar aun más la economía turística del país, pero todo salió al revés. Apenas cuatro años más tarde, el parque cerró sus puertas y tras ellas quedaron sepultados yahoos y liliputenses. Las explicaciones hay que encontrarlas en su ubicación. A pesar de hallarse a los pies de Monte Fuji (como pareciera todo en Japón),  también en sus cercanías se encuentra  el bosque elegido por miles de suicidas. Del pueblo donde se levanta el parque, eran oriundos quienes perpetraron ataques con gas en el subterráneo de Tokyo. Esto, agregado a la gran superstición que merodea el espíritu nipón, hizo que el gigante parque de diversiones, quedara empequeñecido ante el temor. Hoy, nada queda, solo el abandono de las instalaciones y algunas partes de los juegos mecánicos. En el centro del predio, un gigante Gulliver, bien sujeto por las cuerdas, resume en su mirada perdida la que pareciera ser la misma pregunta que se hacen todos estos sitios, y dirigida a sus creadores, “¿Por qué nos han abandonado?”.

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