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21 de junio de 2007
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Transilvania, la tierra de Drácula

La leyenda del vampiro más famoso del planeta atrae, día a día, a miles de turistas hacia Transilvania. Paisaje, historia y misticismo en un solo lugar que promete y, al parecer, cumple.
Transilvania, la tierra de Drácula
Construido por los caballeros teutónicos a principios del siglo XIII, el Castillo de Bran espera a los visitantes para contarles la leyenda del famoso Drácula.

Casi no existe persona alguna en este mundo que no haya oído nombrar a Drácula y su legendaria Transilvania. Sin embargo, no todos saben de su existencia en nuestra geografía y, menos aún, de que Rumania es el país que cobija a esta provincia.

Ávidos de conocer y recorrer paso a paso los sitios que tantas veces imaginaron, muchos turistas se acercan a esta zona, localizada en el centro del país centroeuropeo. Región histórica, está rodeada al este y al sur por el arco carpático (Cárpatos Orientales y Meridionales, a los que se suele llamar Alpes de Transilvania) y al oeste por los montes Bhiar. La provincia, emplazada en una meseta en la que no faltan los ríos, no decepciona: allí están, para quienes quieran verlos, los célebres castillos medievales, disparadores de tantísimas historias y leyendas, de las que la del famoso vampiro es el ejemplo más acabado.

Justamente, la fortaleza medieval de Bran, supuesta residencia del conde Vlad Tepes (más conocido como Drácula) es el atractivo principal de Transilvania, región que se caracteriza también por sus frondosos valles y montañas, así como por las trabajadas esculturas que adornan las puertas de sus casas. Si bien no es la única (el castillo de Peles, construido en 1883 por el rey Carol I, ofrece una de las vistas más extraordinarias de la zona), esta construcción ocupa el puesto número uno en la lista de los lugares más pedidos para ser visitados por los viajeros. A pesar de que Drácula, inmortalizado en decenas de filmes, es tan sólo una genial invención del escritor irlandés Bram Stoker, los rumanos supieron capitalizar la base de realidad en la que se inspiró el autor para crear el mito.

El verdadero Tepes vivió en Transilvania entre 1428 y 1476 y heredó la sangre fría y el apodo de su padre: Vlad Dracul (que en rumano significa diablo o demonio). El pueblo también lo solía nombrar como el Empalador, ya que –cuentan– ésta era la pena capital que más aplicaba: al menos 100 mil personas murieron en sus manos con este procedimiento. Si bien era considerado un héroe en su tierra natal debido a su feroz resistencia al avance otomano (en 1976, el gobierno comunista de Nicolae Ceauşescu lo declaró “héroe de la nación” al cumplirse el quinto centenario de su muerte), se hizo conocido por la extrema crueldad con la que trataba a sus oponentes y por su particular predilección por cenar mientras miraba los empalamientos.

El castillo de Bran fue construido por los caballeros teutónicos a principios del siglo XIII y posee cuatro torres, tres edificios menores, un laberinto de pasillos subterráneos y una importante colección de objetos de arte y cuadros del siglo XIV; todo dentro de una superficie de 30 hectáreas. Esta fortaleza fue, según cuenta la leyenda, residencia de paso de Tepes, quien pasó allí unas pocas noches. Hoy, varios siglos más tarde, está abierta a los visitantes: recibe a casi 500 mil personas por año, cifra en absoluto despreciable, sobre todo si implica ingresos por un millón de euros.

En sus cientos de años de vida, esta emblemática construcción tuvo una existencia agitada: formó parte del patrimonio de la princesa Ileana de Rumania, quien la heredó de su madre, la reina María de Sajonia, Coburgo y Gotha (el castillo fue un regalo de los habitantes de Brasov para su reina, en 1920); luego fue incautada, en 1948, por el gobierno comunista (que escondió en una de sus grutas, en secreto y dentro de un recipiente de plata dorada ornado con 307 gemas, el corazón de la reina María); en 1957, se convirtió en museo y, en 1989, tras la revolución rumana, pasó a ser uno de los más importantes destinos turísticos de la región. El gobierno devolvió la propiedad a los descendientes de Ileana en junio de 2006, a condición de mantener la explotación del complejo durante tres años. Mientras tanto, los actuales dueños buscan compradores para el castillo y los edificios anexos, que ocupan 8,9 hectáreas.

Más allá de este mítico imán para los turistas, la provincia tiene otras cualidades que merecen unos párrafos aparte. Entre ellas, la conservación de sus tradiciones culturales. Así, en un simple y relajado paseo por sus calles, pueden observarse los escudos de familias en las puertas de las casas. Y los domingos, en las bodas y en los numerosos festivales que se organizan, no es extraño cruzarse con personas enfundadas en trajes de colores –tal como lo hacían sus antepasados–.

Quienes ya se deleitaron con un viaje a Transilvania recomiendan traspasar los Cárpatos, donde la naturaleza sorprende con espectaculares bosques de abetos tupidos. También allí se encuentran históricas ciudades medievales de influencia alemana y austrohúngara como Brasov, desde donde suelen partir la mayoría de las excursiones hacia la morada de Vlad Tepes.

Otra de las ciudades más conocidas y visitadas es Sibiu, cuya característica principal son sus antiguas calles de piedra, sus casas pintadas de color pastel y sus variados museos, entre los que se encuentra la casa de arte de Bruckenthal, paso obligado de los amantes del Renacimiento, así como de quienes quieren conocer los rostros de los personajes rumanos que hicieron historia.

Sighisoara es otra de las urbes imperdibles, donde la época de esplendor de la antigua Rumania casi puede palparse. Rincones secretos, castillos en altas colinas y una torre con un reloj del siglo XIV son parte importante de su patrimonio.


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