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26 de septiembre de 2012
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Mostar, dos lecciones de la historia

La ciudad de Mostar, en la república musulmana de Bosnia-Herzegovina, un lugar donde la guerra, el cruce de culturas y el resurgir económico se dan la mano
Mostar, dos lecciones de la historia
El corazón de Mostar: el río Neretva

Texto: Armando Cerra   Fotos: Mónica Grimal

Durante la última década del pasado siglo XX, los informativos abrían a diario con los sangrientos combates que se libraban en la zona de los Balcanes, en la antigua república de Yugoslavia. Una guerra que fue vergonzosa para la comunidad internacional, por el abandono humanitario que sufrieron miles y miles de personas, víctimas de un conflicto étnico impropio de lo que llamamos civilización.Paseo por el barrio de Kujundzilug
Uno de los muchos emblemas que tuvo aquella guerra cruenta fue la ciudad de Mostar en Bosnia-Herzegovina. No es que Mostar fuera el escenario más salvaje de aquellas batallas, sin embargo se convirtió en símbolo de la barbarie por los dos millares de muertos que aquí hubo, por las decenas de miles de expatriados y por los bombardeos que sufrió el patrimonio histórico de una de las ciudades más bellas de aquel territorio.
Fue precisamente el catastrófico estado en que quedó el conjunto urbano, lo que hizo que la UNESCO encabezara las acciones para recuperar ese patrimonio y al mismo tiempo hacer que la población tuviera ocasión para volver a desarrollar su vida.
Así hoy nos encontramos con una ciudad reconstruida cuyo gran símbolo es el Puente Viejo, Stari Most en la lengua del país. Un hermoso puente que se alza más de 20 metros sobre el cañón que esculpe el río Neretva a su paso por la población. Un puente del siglo XVI que se construyó bajo el dominio turco del Imperio Otomano.
Es decir, el puente es el testimonio más esplendoroso de la presencia turca en esta zona de Bosnia-Herzegovina desde el siglo XV al XIX, la explicación para comprender como este país es de religión musulmana en el que conviven rasgos de la cultura europea, la eslava y de Oriente.Puente Viejo o Stari Most
A su orientación religiosa se deben las mezquitas existentes en la ciudad, de gran antigüedad como la mezquita de Karazdozbeg el siglo XVI o la de Koski Mehmed-pachá, un siglo posterior.
Aunque fruto de la larga convivencia de otros credos en la ciudad, también en Mostar se ven sinagogas, templos ortodoxos e iglesias católicas. No obstante, todas están unidas por una característica en común. En cualquiera de estos edificios religiosos se ven las huellas de los conflictos bélicos que Mostar sufrió durante todo el siglo XX, empezando por la I Guerra Mundial y acabando por la Guerra de los Balcanes.
Incluso las tiendas de recuerdos que el turista encuentra en su paseo por el barrio de Kujundziluk, a orillas del Neretva, dan fe del pasado belicoso de la región, ya que junto a la artesanía local también se hallan souvenirs en forma de casquillos de bala, uniformes militares o restos de proyectiles.
Se podría decir que incluso se respira cierto ambiente morboso en la ciudad a la que acuden los viajeros para comprobar cómo se han recuperado en un tiempo record sus monumentos. Se palpa un recuerdo continuo de la última guerra sufrida, casi convertida ahora a principios del siglo XIX en un recurso turístico.
Provoca una reflexión, pensar en cómo la devastación y la tragedia se utilizan de reclamo capaz de atraer turistas de toda Europa, que llegan a Mostar evocando lo visto en la televisión y los periódicos hace unos años, cuando las imágenes que llegaban de Bosnia-Herzegovina eran de muerte y destrucción, y hoy se encuentran una ciudad remozada, incluso reluciente gracias a sacar lustre a sus episodios más tristes.Mezquita de Karadozbeg
Las gentes de Mostar han aplicado todo el ingenio posible en sobrevivir, en recuperarse, y orgullosos de su pasado, se lo muestran al visitante, a veces de forma muy cruda, pero quién sabe si además de sobrevivir y recuperarse económicamente de aquellos desastres de la guerra, también nos dan a todos dos lecciones universales.
La primera, la extraordinaria capacidad del ser humano para adaptarse a cada situación e intentar sacar partido de ella. Y la segunda, y más importante, la comparación entre los logros que se pueden conseguir en un ambiente pacífico y de respetuosa convivencia, y lo infame y destructiva que es la barbarie.

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