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12 de septiembre de 2014
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Kamchatka, volcanes que son patrimonio mundial

Ya su nombre remite a lejanía, a una región distante de todo, aunque se esté cerca. La península de Kamchatka atrae por su misterio, su naturaleza casi sin permanencia humana, y un mundo mágico por descubrir.
Kamchatka, volcanes que son patrimonio mundial
Osos y volcanes, la postal ideal de Kamchatka

por Rodrigo Carretero

Había una vez, cuando desde un tablero colmado de extraños países y regiones, China atacó Kamchatka. Quizás alguna vez, en el lado lúdico de la vida, la península habrá sido conquistada por los orientales, pero desde este lado de la vida, el real, lo cierto es que Kamchatka pertenece a Rusia y se ubica hacia el este de la lejana Siberia internándose en el océano Pacífico. La mayoría de sus más de 1200 kilómetros de longitud están cubiertos de geiseres, volcanes y profundos valles que se encuentran protegidos entre parques y reservas que fueron declarados Patrimonio de la Humanidad desde 1996. Su nombre se lo debe a una especie de cangrejo muy consumido en Europa y de su explotación, para mal o bien, el escaso desarrollo y establecimiento humano en tan inhóspita península. Tan así es que los rusos se ufanan que Kamchatka no tiene carreteras, solo direcciones, vagas indicaciones para llegar el lugar deseado. Para comenzar, es obligatorio llegarse hasta la capital de la región, Petropavlovsk, fundada por aquel que diera su nombre al estrecho que separa Asia de América, Vitus Bering. La ciudad tan solo interesa para ser el punto base de donde partir hacia las excursiones, ya que no ofrece mayores sitios de interés. La escasa presencia humana obedece, en parte a lo lejano e inhóspito del ambiente y también, a la decisión militar que desde el final de la Segunda Guerra Mundial, hasta la década de noventa estuvo cerrada al acceso de los propios rusos y poco después se permitió el ingreso de turismo internacional.

¿Qué hacer entonces frente a este panorama? Hay decenas de santuarios naturales en Kamchatka. La naturaleza fue pródiga en su obrar. Cascadas, formaciones rocosas, volcanes, lagos y fiordos, montañas y fronteras naturales, refugios ideales para miles de aves, peces y fauna terrestre. El aislamiento y la falta de infraestructuras son a la vez maldición y bendición. La naturaleza de Kamchatka está intacta y casi completamente libre de turismo comercial. Entre las mayores atracciones se encuentran las visitas a los volcanes de Avachinskaia y Koryakskaia, ambos accesibles en paseos de no más de un día desde Petropavlovsk. La declaración de patrimonio de la humanidad hace hincapié en su naturaleza perenne, tal que muchos suelen decir que visitar Kamchatka es como darse una vuelta por el inicio de los tiempos.  El valle de los géiseres, Dolina Geiserov, forma parte de la reserva natural de Kronotski y cuenta con cientos de fuentes termales de las que emanan columnas de vapor y agua caliente. La mejor manera, y a la vez más costosa es llegarse en helicóptero y apreciar desde las alturas como si inmensas ollas escaparan de la superficie en permanente ebullición, la cocina de un gigante goloso. La excursión más larga, la más inquietante en su devenir consiste en llegarse hasta  el parque nacional Nalychevo. Diez volcanes, que forman parte del Cinturón de Fuego del Pacífico, aquel que desgarra las costuras de la Tierra, como suele decirse. Inmensas montañas cubiertas de nieve, cuatro de ellas en una continua fumarola que suele expulsar cenizas y ríos de lava, el humo se eleva hasta tapar el sol con su maldad grisácea. La aventura consiste en practicar senderismo a través de las rutas marcadas, sin salirse de ellas ni un ápice. La experiencia de ascender un volcán activo, descubre  paisajes pintorescos, glaciares y cascadas. En su base, bosques de abedul y  hierbas altas descubren el microclima imperante. Una vez llegados al valle homónimo del parque, un paisaje casi lunar deslumbrará ya hacia el final del paseo. Es aquí donde la Unión Soviética testeaba sus vehículos Lunajod para explorar el satélite terrestre.

La fauna, los avistajes de ella, son otro de los grandes atractivos del viaje.  Los animales más representativos son los osos pardos y las águilas. Los primeros, con una población de más de 2500 ejemplares viven a sus anchas, cerca de los rápidos cursos de agua, donde centenares de salmones remontan contra corriente, sin sospechar las zarpas asesinas.  Las águilas sobrevuelan la zona con elegancia y majestuosidad, dando la posibilidad de poder realizar un más que excitante bird watching. Todo placer implica un riesgo y no es una noticia aislada escuchar por la radio de turistas atacados y devorados por osos, o atrapados por avalanchas de hielo, y hasta las nubes de humo y los ríos de lava que surcan el pintoresco paisaje se cobran sus desprevenidas víctimas. En el caso de alérgicos y asmáticos, los gases y las cenizas expulsadas por los volcanes son otro impedimento a tener en cuenta. En definitiva, las casi nueve horas de avión desde Moscú son un tiempo más que razonable para ir pensando bien qué hacer, como hacerlo y sobretodo, con quién hacerlo. Asegurarse un guía local idóneo y conocedor de la zona resulta más que obligatorio, y dejar el espíritu aventura de la soledad en la naturaleza de lado. Finalmente, no hay que dejarse arrastrar por el temor, porque ya sea con la táctica o con la estrategia, bien vale hacerse el pequeño gran viaje para conquistar una región del mundo que parece soñada tan solo un tablero de juego.


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