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18 de septiembre de 2013
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Ikaria: Un mar de cera que dice no a la muerte

¿Y quién no teme morir? Los habitantes de Ikaria. Un rincón griego en el que morir pareciera no tener importancia y menos si diariamente se conversa con una copita de vino como invitada especial.
Ikaria: Un mar de cera que dice no a la muerte
Ikaria - Grecia

Por Cynthia De Simone
1:20 horas en Grecia. 19:30 en Buenos Aires. El hombre siempre se preocupa por el tiempo porque, indiscutiblemente, lo acerca a un posible fin; pero hay un lugar en pleno mar Egeo en el que los dioses aún derraman algunas de sus bendiciones: una extraña sensación de casi inmortalidad manifestada en las más de 200 personas que pronto apagarán sus 100 velitas; sí, todo un centenario de vida.
Ikaria es una isla griega que cobija un mito. Dédalo, constructor del laberinto de Creta, para escapar de prisión junto a su hijo Ícaro construyó alas de cera para ambos y sobre el mar volaron en dirección a Sicilia; pero el hijo voló tan alto que fue abrazado por el sol. Sus alas poco a poco derretidas bañaron el mar y ahogaron el cuerpo del muchacho. En su honor, el nombre de Ikaria y para aventura de sus habitantes, el misterio de la prolongación de la vida.
Si una cosa caracteriza a la isla es la vigorosidad de sus pueblerinos, virtud que no sólo  comparten sus jóvenes sino también ancianos de más de 90 años, quienes se dan el lujo de lucir radiantes mientras cosechan uvas para el vino o aceitunas para la cena. El fin de la vida en Ikaria no se estima a los 70 años, como en Argentina o en Europa, contrariamente en la isla una persona tiene 1% de probabilidades de vivir más de 90 años y aunque parezca poco, en Europa el porcentaje pobremente llega al 0,1%.
Vino, té, aguas cristalinas, siesta y dieta mediterránea parecen ser parte del secreto, pero también lo es el no estrés. En Ikaria no hay subterráneos, cadenas de centros comerciales o avenidas de largos metros de ancho. En el rincón bañado de mar, hay inmensos sembradíos de hortalizas, verduras y legumbres; también hay viñedos, montañas de hasta 1037 metros de altura (Aetheras) y un clima mediterráneo que sana cualquier síndrome de angustia.
Se empieza el día con una cucharadita de miel, se va aliñando con deliciosas dosis de un té llamado “de montaña” que perfuma el estómago de hierbas medicinales como orégano, salvia (parecida a la menta), romero y un tantico de polvo de diente de león con algunas gotas de limón. Asimismo; pan fresco, leche de cabra, aceite de oliva, café, leguminosas y tubérculos forman parte de la dieta diaria del habitante de la isla. Y, lo más sabroso es que a falta de gaseosas, tienen “vino puro”, cosechado por ellos mismos.
A estas alturas nadie reniega de las propiedades curativas de la miel y de las hierbas fusionadas en ese té, estudios revelan que son una fuente rica de antioxidantes, de propiedades diuréticas e ideal para mejorar la presión arterial; característica necesaria para prevenir un posible infarto. En relación a la leche de cabra, tiene más vitaminas y nutrientes que la de ganado vacuno, además de ser estimulante de una buena digestión. Así, parte del secreto de la isla empieza por lo que sus habitantes se llevan a la boca.
“Vino puro”, sin conservantes como el de marcas comerciales confesó Stamatis Moraitis en una entrevista publicada por The New York Times en 2012. El hombre nació en Ikaria en enero de 1915, en 1976 le fue diagnosticado un cáncer de pulmón en Estados Unidos y decidió volver al terruño para ser enterrado en casa. Y, sin embargo, como una suerte de embrujo, Ikaria recibió a su hijo y juntos le dijeron no a la muerte. Stamatis hoy tiene un viñedo que produce cerca de 700 litros anuales del líquido divino que él mismo se encarga de cultivar.
Pero aunque la muerte sea burlada, las enfermedades comúnmente universales no se escapan del destino Ikaria. El cáncer y los infartos suelen aparecer en los habitantes pero 10 años después que el promedio convencional. Así lo explica Christina Chrysohoou, cardióloga de la Universidad de Atenas, quien narra que “No podemos evitar estas enfermedades, pero los habitantes han logrado conservar la calidad de su vida durante muchos años. La edad promedio de las enfermedades cardiovasculares es entre 55 y 60 años. En Ikaria éstas surgen 10 años más tarde”.
Además, otra virtud es que el posible paciente no tendría la necesidad de recluirse en paredes hospitalarias o en casas de descanso. En Ikaria la tasa de estrés y también la de suicidios es una de las más bajas del mundo. Mucho mar, sol, vino y saludable gastronomía son testimonios vivos y un poco palpables de ello.
Otra peculiaridad en la isla es la poca importancia que la gente da al correr de las agujas. Ilias Leriadis, otro galeno de la comunidad, confesó que el habitante de Ikaria despierta tarde y no conforme a eso se toma siestas diarias de media o una hora entera. El doctor abre su consultorio hasta después de las 11 de la mañana porque asegura no recibir pacientes antes de ese horario. “En Ikaria no se usa reloj”, bromeó o, quizá, muy seriamente sostiene el doctor y resulta un guiño para los caminantes de las grandes ciudades, tan preocupados por la rapidez de traslado de un lugar a otro.
Sin duda, este rinconcito griego que la divinidad bañó de cera es un destino tan atractivo como la sensación de querer detener la vida con el único propósito de sonreírle a la muerte desde cerca. Sin tiempo, sin angustias, Ikaria sonríe diariamente a la vida y espera a millones de turistas más ávidos de descubrir el secreto que sólo las aguas y las profundidades de las uvas esconden. 


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