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03 de octubre de 2007
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Para asomarse al mundo incaico: "La doncella" del Llullaillaco ya está en exhibición

Después de una larga espera, la primera de las momias incas halladas en 1999 a más de 6.700 metros de altura puede ser vista gracias a una cámara frigorífica especialmente diseñada para el Museo de Arqueología de Alta Montaña de la ciudad de Salta, en el norte argentino. Una muestra que asombra y emociona.
Para asomarse al mundo incaico:

Parece dormida. Sentada con las piernas cruzadas, la cabeza inclinada sobre su pecho, da la impresión de que en cualquier momento despertará de su siesta. Sin embargo, su sueño es eterno y custodia las tradiciones de una antigua civilización que todavía palpita en el espíritu de los hombres y mujeres que habitan el Altiplano andino.

Se trata de “La Doncella”, uno de los tres niños incas momificados que fueron hallados en marzo de 1999 en la cima del volcán Llullaillaco, a 6.739 metros de altura sobre el nivel del mar. Con sus 500 años de antigüedad, los “Niños del Llullaillaco” –como se los conoce– son las momias mejor conservadas del mundo.

Desde noviembre de 2004, los más de ciento cincuenta objetos que componen su ajuar ceremonial se exhiben en el modernísimo Museo de Arqueología de Alta Montaña (MAAM) de la ciudad argentina de Salta, en el norte del país. Después de una larga espera, ahora también puede contemplarse el primero de los cuerpos momificados en exhibición.

En el mismo recinto donde se exhiben las momias y sus ajuares, una pantalla monitorea en forma permanente el sistema de criopreservación e informa al público los datos del microclima de la cápsula. La ambientación de un fondo musical de instrumentos de viento que acompañan a un relato en quechua y la penumbra de la sala, donde la temperatura no supera los 15 grados, completan una atmósfera de recogimiento. El murmullo de los presentes apenas se escucha. Así, en un clima de respeto y recogimiento, los visitantes se transportan a una época ancestral. Asombro y emoción son los sentimientos que surgen en quienes se acercan al museo.

Por decisión de las autoridades del MAAM, los “Niños del Llullaillaco” no se exhibirán todos al mismo tiempo, sino de a uno por vez y por un lapso de alrededor de 30 días. De esta forma, se dota al museo de un concepto museográfico de dinamismo y, al mismo tiempo, se protege al máximo el estado de conservación las momias. Después de “La Doncella”, se expondrá “La Niña del Rayo” y luego le seguirá “El Niño”.

Espiando el mundo andino

La historia de los “Niños del Llullaillaco” permite acercarse al espíritu y las creencias de los pueblos andinos a través de uno de los rituales más importantes del calendario de celebraciones incaico: los tres fueron protagonistas de la “Capacocha” o “Capac Hucha”, que puede traducirse como “obligación real” y que se realizaba entre abril y julio, luego de las cosechas.

Esta ceremonia en honor y agradecimiento a los dioses abarcaba montañas, islas y otros adoratorios o huacas que se localizaban en toda la extensión del Tawantinsuyu (que quiere decir “las cuatro regiones” y se refiere a las provincias en las que se dividía el imperio de los incas).

Cada año, de las cuatro provincias del estado incaico llegaban a Cuzco –la capital– niños de ambos sexos que eran elegidos por su excepcional belleza y perfección física, por lo general de origen noble. Después de distintas celebraciones en la plaza central –que incluían matrimonios simbólicos entre las criaturas–, los infantes, sacerdotes y acompañantes marchaban hacia los adoratorios. La peregrinación podía durar semanas o meses según la distancia. Al llegar, vestían a los pequeños con la mejor ropa y les daban de beber chicha (bebida alcohólica hecha con maíz). Una vez que se habían dormido por efecto del alcohol, los depositaban en un pozo bajo la tierra, junto a un rico ajuar y numerosas ofrendas, ya que se pensaba que se transformarían en enviados de la comunidad ante los dioses. Según la creencia inca, los niños ofrendados no morían, sino que se reunían con sus antepasados, quienes observaban las aldeas desde las cumbres de las altas montañas.

Así, hace más de cinco siglos, los “Niños del Llullaillaco” fueron llevados hasta la cima del volcán salteño para participar de este ritual ancestral. Junto a sus cuerpos se hallaron estatuillas y otros elementos de oro, plata y valva de Spondylus (molusco típico de mares cálidos, como por ejemplo frente a las costas de Ecuador) de diferentes tamaños, decoradas con miniaturas textiles y plumas, así como vasijas y bolsas tejidas que contenían alimentos y hojas de coca. Tampoco faltaban mantas con signos heráldicos, tejidas con lana de vicuña. Asombrosamente, cada uno de los objetos también estaba intacto y congelado.

Un nuevo hogar

Los “Niños del Llullaillaco” llegaron intactos a nuestros días después de 500 años gracias a un sistema natural de crioconservación o congelamiento. Para preservar adecuadamente este patrimonio arqueológico y al mismo tiempo poder exhibirlo al público, fue preciso recrear con la mayor precisión posible el medio natural de la alta montaña donde fueron encontrados los restos.

Con ese objetivo, se construyeron cinco cámaras preservadoras (una para cada niño y dos más de repuesto) que permiten mantener la temperatura por debajo de los 20 grados bajo cero con una humedad controlada de alrededor del 40 por ciento. Además, aseguran una atmósfera totalmente aséptica, presurizada, inerte y de bajo contenido de oxígeno, modificada a través de la incorporación de nitrógeno. Las cápsulas, diseñadas por especialistas del MAAM y fabricadas por la compañía INVAP de Bariloche (dedicada a fabricar reactores nucleares y satélites), fueron realizadas con un acrílico especial que evita que se filtren rayos infrarrojos y ultravioletas.

Más información: www.maam.org.ar

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